Hola a todos!!

Espero que este espacio lo podamos utilizar como un lugar de encuentro de opiniones, ideas, información y demás temas que nos rodean todo el tiempo, que estan ahi, pero a la vez no.

La idea básica es que se pueda debatir sobre temas "centrales" y no tan centrales que día a día nos van afectando, ya sea en el plano social, cultural, político y económico, y desde un punto de vista provincial, regional y nacional.

No pretendemos hacer de esto un lugar desde donde encontrar las soluciones a los problemas en los planos antes mencionados, sino humildemente poder aportar desde la concepción de cada uno de nosotros una visión de "nuestro mundo", de como está compuesto, además de poder conocer las preferencias de cada uno y de lo que consideramos importante.

Desde ya espero podamos ir creciendo en esto juntos.



domingo, 29 de agosto de 2010

Cartas III

Página 12
Economía
Lunes, 16 de agosto de 2010
Opinión
Carta abierta a Grobocopatel
Por Aldo Ferrer *
A raíz de la polémica que vienen sosteniendo a través de Página/12 el escritor Mempo Giardinelli y el empresario sojero Gustavo Grobocopatel sobre la cuestión social del agro y su responsabilidad en la protección del medio ambiente, empiezan a surgir otras voces que se suman al debate. Aquí, la del economista Aldo Ferrer.

Estimado Gustavo:
Recordarás que, hace algún tiempo, con nuestro común amigo Bernardo Kosakoff, publicamos un artículo, en co-autoría, sobre el papel de la cadena agroindustrial en la economía y la sociedad argentinas. En estos días he leído un intercambio de cartas abiertas que mantuviste, con Mempo Giardinelli, sobre las mismas cuestiones y no resisto la tentación de entrometerme para señalar algunos puntos. El intercambio es muy rico y esclarecedor sobre cuestiones fundamentales, como la protección del medio ambiente y los recursos naturales y la cuestión social en el agro. Al mismo tiempo, creo que el análisis debe ubicarse en el contexto más amplio del desarrollo de toda la economía nacional en su inmenso territorio y su posicionamiento en el orden mundial. Concentraré mi comentario en la cuestión de las retenciones, que es crucial en el tratamiento del tema.
Decís en tu carta: “Las retenciones son anti-Chaco, anti-desarrollo rural, anti-equidad”. No es así, por múltiples razones. No se puede hablar de retenciones sin referirlas al tipo de cambio. Es como tratar de contar la historia de Hamlet sin el príncipe de Dinamarca. Desvincular las retenciones del tipo de cambio no es sólo una insuficiencia de tu afirmación, sino una falta generalizada en todo el debate sobre la materia. La consecuencia es que el problema se reduce a su impacto en la distribución del ingreso. En mi intervención en las comisiones de Agricultura y Hacienda de la Cámara de Diputados de la Nación, durante el tratamiento de la resolución 125, destaqué que el debate se limita a ese aspecto distributivo cuando, en realidad, lo que está en juego es la estructura productiva y el desarrollo económico.
Las retenciones tienen un efecto fiscal y desvinculan los precios internos de los alimentos exportables de los precios externos. Pero estos objetivos podrían alcanzarse, en principio, por otros medios. Para el único fin para el cual las retenciones son insustituibles es para establecer tipos de cambio diferenciales, que es lo que realmente importa para la competitividad de toda la producción interna sujeta a la competencia internacional, en toda la amplitud del territorio nacional y sus regiones.
La necesidad de las retenciones surge del hecho de que los precios de los productos agropecuarios respecto de las manufacturas industriales son distintos de los precios relativos de los mismos bienes en el mercado mundial. Es decir, las retenciones permiten resolver el hecho de que, por ejemplo, la producción de soja es internacionalmente competitiva con un tipo de cambio, digamos, de dos pesos por dólar y, la de maquinaria agrícola, de cuatro. Los tipos de cambio “diferenciales” reflejan las condiciones de rentabilidad de la producción primaria y las manufacturas industriales. La brecha, es decir, las retenciones, no es estrictamente un impuesto sobre la producción primaria, sino un instrumento de la política económica. El mismo genera un ingreso fiscal cuya aplicación debe resolverse en el presupuesto nacional, conforme al trámite constitucional de su aprobación y ejecución.
La asimetría entre los precios relativos internos e internacionales no es un problema exclusivamente argentino. La causa radica en razones propias de cada realidad nacional. Entre ellas, los recursos naturales, nivel tecnológico, productividad y organización de los mercados. En la Argentina inciden, entre otros factores, la excepcional dotación de los recursos naturales y los factores que históricamente condicionaron el desarrollo del agro y la industria. Todos los países utilizan un arsenal de instrumentos (aranceles, subsidios, tipos de cambio diferenciales, etc.) para “administrar” el impacto de los precios internacionales sobre las realidades internas, con vistas a defender los intereses “nacionales”. En la Unión Europea, por ejemplo, sucede a la inversa que en nuestro país: las manufacturas industriales son relativamente más baratas que los productos agropecuarios. En consecuencia, se subsidia la producción agropecuaria, lo cual insume la mayor parte de los recursos comunitarios. Si no lo hiciera, desaparecería la actividad rural bajo el impacto de las importaciones, situación inadmisible por razones, entre otras, de seguridad alimentaria y equilibrio social.
¿Cuáles serían las consecuencias de unificar el tipo de cambio para eliminar las retenciones? En nuestro ejemplo, si el tipo de cambio fuera el mismo, dos o cuatro por dólar, tanto para la soja como para la maquinaria agrícola, en el primer caso (dos por dólar) desaparecerían la producción de la segunda y gran parte de la industria manufacturera, sustituida por importaciones. Las consecuencias serían un desempleo masivo, aumento de importaciones, déficit en el comercio internacional, aumento inicial de la deuda externa y, finalmente, el colapso del sistema. En el segundo caso (cuatro por dólar), se produciría una extraordinaria transferencia de ingresos a la producción primaria, el aumento de los precios internos y el desborde inflacionario. En las palabras de Marcelo Diamand, en la actualidad, dada nuestra “estructura productiva desequilibrada”, es inviable la unificación del tipo de cambio para toda la producción sujeta a la competencia internacional. Unificar el tipo de cambio traslada los precios relativos internos a los internacionales, con lo cual el campo se convierte en un apéndice del mercado mundial en vez del rol que le corresponde como sector fundamental de un sistema económico nacional, condición necesaria del desarrollo de cualquier país.
¿Por qué es preciso, simultáneamente, tener mucho campo, mucha industria y mucho desarrollo regional? ¿Por qué es necesaria la rentabilidad de toda la producción sujeta a la competencia internacional? Por la sencilla razón de que la cadena agroindustrial (incluyendo todos sus insumos de bienes y servicios provenientes del resto de la economía nacional) genera 1/3 del empleo y, por lo tanto, es inviable una economía, próspera de pleno empleo, limitada a su producción primaria, por mayor que sea la agregación de valor y tecnología al complejo agroindustrial. En otros términos, no es viable una economía nacional reducida a ser el “granero” ni, tampoco, la “góndola” del mundo. Sólo con esto nos sobra la mitad de la población. Por otra parte, la ciencia y la tecnología son el motor del desarrollo de las sociedades modernas y, para desplegarlas, es indispensable una estructura productiva diversificada y compleja que incluya, desde la producción primaria con alto valor agregado, a las manufacturas que son portadoras de los conocimientos de frontera.
Si se alcanza el convencimiento compartido sobre la estructura productiva necesaria y posible, se abandona la discusión de las retenciones como un problema reducido a la distribución del ingreso. Se plantean entonces dos cuestiones centrales. Por una parte, el tipo de cambio que maximice la competitividad de toda la producción nacional sujeta a la competencia internacional. Es decir, el tipo de cambio de equilibrio desarrollista. Por la otra, el nivel de las retenciones compatibles con la rentabilidad de la producción primaria e industrial, tomando en cuenta los cambios permanentes en las condiciones determinantes de costos y otras variables relevantes. Las retenciones deben ser “flexibles” y tomar nota de tales cambios. Al mismo tiempo, deben aplicarse de la manera más sencilla posible. Por ejemplo, la comprensible demanda del ruralismo integrado por pequeños y medianos productores de recibir un trato preferente es, probablemente, difícil de cumplir con retenciones distintas conforme al tamaño de las explotaciones o la distancia a los puertos y centros de consumo. Otros medios pueden ser utilizados con más eficacia para los mismos fines.
Es necesario referir los problemas señalados en el intercambio de cartas comentado al desarrollo nacional. Vale decir, el pleno despliegue del potencial, la gobernabilidad, la libertad de maniobra en un mundo inestable, la inclusión social, factores todos que, en definitiva, son esenciales para la prosperidad del campo, de la industria, las regiones, el capital y el trabajo, y para proteger la naturaleza y el medio ambiente. Para contribuir a tal fin es indispensable aclarar, de una vez por todas, qué son y para qué sirven las retenciones.
* Economista del Plan Fénix.

Cartas II

Pagina 12 Gente esta es la segunda carta...
El país

Domingo, 15 de agosto de 2010
Opinión > Nueva carta abierta a Gustavo Grobocopatel
Soja transgénica y glifosato, ésa es la cuestión
Por Mempo Giardinelli

Estimado Gustavo,
También agradezco el afecto contenido en tu carta, que celebro hayas hecho pública. Me parece que ambos intentamos no tener razón, sino claridad para ayudar a otros a entender un aspecto del presente. Eso exige un debate público, no privado. Así nos lo han pedido varios amigos.
Ante todo, quiero precisar nuevamente el argumento medular de mi carta anterior: que no es suficiente pensar una “estrategia de desarrollo con una visión de largo plazo” a cualquier precio. No cuestioné tu rol empresario ni tu visión de la economía mundial. Lo que cuestioné y me preocupa, y quiero discutirlo, es el daño –para mí palpable y enorme– que produce el abuso de agroquímicos vinculados con la soja. Expuse lo visible: una geografía degradada a partir de plantaciones a fuerza de glifosatos y otros venenos. Y enumeré los “daños colaterales” –despoblación, indigencia, contaminación–, los cuales son negados o minimizados sistemáticamente por productores, empresarios y corporaciones del sector.
Ese y no otro fue mi cuestionamiento, expresado antes desde mi ignorancia que desde mis prejuicios. Y eso porque no los tengo ni respondo a dogmatismo alguno. Apenas tengo curiosidad y ojos y corazón para ver. Por lo tanto, no cuestiono tus intereses ni los de nadie que trabaja y gana dinero. Saludo el éxito bien habido, la fortuna transparente y sobre todo el empeño de los emprendedores. Mi padre fue uno de ellos, seco pero decente y tenaz.
Con tu permiso, entonces, voy a discutir algunas de tus afirmaciones.
1) Decís que “Falta un Estado de calidad” y proponés “un ordenamiento territorial, con organismos de control, con justicia”.
Digo yo: ¿No es justamente eso lo que intenta el Estado ahora, al proponer un Plan Agropecuario Nacional  10 años, y una ley de arrendamiento que incluye un principio de ordenamiento territorial? ¿Es razonable oponerse sólo porque son propuestas K? Ignoro tu posición al respecto, pero la del llamado “campo” me parece muy contradictoria. Con el debate por la “125” pasó lo mismo, y ahora muchos se dan cuenta de que les salió el tiro por la culata. Por lo tanto, yo prefiero decir que los problemas deberían ser resueltos con un ordenamiento legal muy estricto en materia de soja transgénica y de agroquímicos. Y explico por qué.
Hacia el final de tu carta decís que “gracias a la siembra directa no estamos desertificando más, el glifosato es el menos malo de los herbicidas y no pasa a las napas porque se destruye al tocar el suelo”.
Pero esto no es así, porque son muchos los millones de hectáreas que se deforestaron para sembrar soja y tienen destino de desierto ya que las rotaciones son difíciles. Y cuando deforestan para ampliar el área sembrada inevitablemente desertifican, al generar “cambio climático” (ciclos de sequías e inundaciones, como padecemos en el Chaco).
En cuanto al glifosato, no es inocuo. Según autorizados genetistas y científicos que he consultado (entre ellos un reputado investigador en Medio Ambiente y Salud del Hospital Italiano de Rosario, que hace veinte años trabaja en esto) el problema son los agregados, empezando por los detergentes para penetrar la tierra, que acompañan siempre la mezcla y que son disruptores orgánicos poderosos, como el viejo DDT. Además, como las malezas se vuelven cada vez más resistentes, le agregan otros agroquímicos –endosulfan, clorpirifo o el 24D–, la mayoría de los cuales están prohibidos en los países serios. En Francia e Inglaterra el cultivo extensivo de soja transgénica está penado por la ley. Y en otras sociedades desarrolladas no se permite bajo ningún motivo el uso de agroquímicos.
Entonces no es posible presumir inocencia para el glifosato, producto del que además en la Argentina se abusa, como se abusa de la soja transgénica, que tiene agregado un gen que la hace resistente al glifosato, que es el herbicida que mata todo, excepto a ella. Y la verdad es que nadie sabe cómo actúa este gen en un organismo vegetal, animal o humano. Y cuando esto sucede, en ciencia se aplica lo que se llama un “principio de precaución” hasta que se sepa qué pasa con las otras especies que interactúan con este gen. La FDA (EE.UU.) lo está experimentando en animales, pero no en humanos. De ahí que muchos tenemos la fuerte sospecha de que millones de argentinos indirectamente somos quizás conejitos de Indias.
2) Vos decís: “Sin soja este proceso se hubiera acelerado” y que la degradación data en el Chaco “de mucho tiempo atrás, antes de la soja”.
Es cierto, todos los problemas son anteriores, pero eso no autoriza a dar la bienvenida a la soja a cualquier precio. Es lo que propuse discutir. No para tener razón, repito. Sí para saber y que sepamos todos. Porque si no va a resultar que la soja no es culpable de nada. Y eso no es verdad.
También afirmás que “la agricultura sin campesinos es parte de un nuevo paradigma vinculado con trasformaciones en la sociedad”, viene “desde la década del ‘40, no está asociado a una ideología y no afecta sólo al campo; también hay muchas industrias con menos obreros”.
A mí en cambio me parece que las ideologías siempre juegan un papel y con los intereses mueven al mundo. Y los paradigmas son cambiantes y no siempre se erigen en favor del bienestar de los pueblos. La transformación de los últimos 40 a 60 años es producto de la tecnología, los costos de la mano de obra, las luchas sociales por la redistribución de las ganancias y varios etcéteras. No acuerdo con que la pérdida de mano de obra campesina no es tal porque pasa a los sectores de servicios.
Pero además, esa idea del nuevo paradigma agricultor me parece cuestionable si, casi inexorablemnete, deja sin trabajo a la gente y destruye familias, tradiciones culturales, apegos a formas de trabajar. No propongo que volvamos al arado de manceras, pero la modernidad desalmada tampoco. Y menos cuando hay minorías demasiado minoritarias que se enriquecen tanto mientras las mayorías cada vez más mayoritarias se empobrecen hasta niveles de indigencia.
Es por esto que el crecimiento y el desarrollo, para mí, no son una cuestión económica, sino cultural. Si el nuevo paradigma agricultor destruye la cultura de los pueblos y a sus pobladores, es un paradigma negativo.
3) “La movilidad social era mucho más lenta, para ser agricultor tenías que ser hijo de... Hoy los emprendedores, no importa su origen, pueden llegar a ser productores...”
Aquí tengo otro desacuerdo, Gustavo, porque en la Argentina de hoy, a 15.000 dólares la hectárea, la concentración es asombrosa: hay media docena de grandes agroindustrias, mientras 200.000 productores familiares tienen el 15 por ciento de la tierra. Y a mí sí me importa el origen de quien emprende, porque ese origen me permite conocer sus intenciones, su valoración del esfuerzo ajeno y su sensibilidad social.
4) Mencionás luego a los “pequeños productores que estaban a punto de perder sus campos en manos de los bancos o de los usureros locales. Este nuevo sistema agrícola de servicios ha hecho mucho más por ellos que el Estado... “
Pero esto no es verdad. Fue el Estado el que condonó deudas; fue el Banco Nación el que refinanció a muy bajo costo y apoyó de múltiples maneras a los que perdían sus propiedades. Me parece injusto atribuirle semejantes méritos al nuevo sistema.
5) “En Europa, las napas están contaminadas por siglos de agricultura irracional; felizmente en la Argentina no tenemos esos problemas...”
En Europa los pueblos consumen agua envasada y purificada con tratamientos muy estrictos, Gustavo. En la Argentina el 80 o 90 por ciento de la población consume aguas contaminadas que son dudosamente tratadas. Y como se cortan bosques enteros y el glifosato está descontrolado, la contaminación se extiende a las nuevas áreas sembradas.
6) Decís que “la desocupación es menor a la que hubiera habido sin soja” y que falta industrializar la soja en origen para “dar más trabajo”.
Esto también es discutible. Hay muchísimos cultivos sin mano de obra, y el 70 por ciento de los que trabajan están en negro. Sobran datos sobre esto. Pero además aquí se dice que no es posible industrializar porque la demanda (es decir, China) la requiere tal como se exporta: puro poroto. Lo que es una condena adicional. Un amigo empresario al frente de una pyme me dice: “De aquí sale tabla aserrada pero nada de muebles. Yo visité la región de La Marca, en Italia, y en una zona que no es más grande que Tucumán hay 5000 fábricas de muebles, y exportan 20.000 millones de euros al año. ¡Todo con madera importada!” Eso es lo que hace China: nos compra el poroto, nuestra tierra queda exhausta y el agua contaminada, y la industrialización la hacen ellos.
Finalmente, imagino que a vos te han reprochado haber entrado en este debate. A mí también me pasa. Pero sostengo que si algo vale de este intercambio es que ni vos ni yo escribimos para la tribuna, sino para saber.
Y me consta que hay empresarios tanto o más poderosos que vos, que se esconden todo el tiempo; procuran que nadie los conozca y algunos convierten sus empresas en asociaciones ilícitas. Por eso te respeto: porque vos ponés el pecho y la cara, y tenés ideas, y aunque tu modelo productivo puede no convencerme yo valoro tu perfil de empresario y me encantaría que la Argentina tuviera muchos más como vos.
Un abrazo.

¿De que hablamos cuando hablamos de retenciones?

Artículo publicado por Carlos Leyba en la sección economía de Revista Debate

Vence la delegación de facultades legislativas en el Poder Ejecutivo. La oposición pretende recuperar funciones parlamentarias y el oficialismo impedir que ello ocurra.

Una ley por caer es el Código Aduanero, donde moran las retenciones. Sectores de la oposición reclaman, para el Parlamento, el derecho de establecerlas o reestablecerlas o derogarlas.

En la práctica, las retenciones han sido una baliza para evitar el derrape inflacionario pos devaluación; y el núcleo duro de este período de superávit fiscal. Las retenciones no son cosa nueva. Cada vez que ellas se instalaron con “tipo de cambio alto” (por ejemplo, con Adalbert Sully Krieger Vasena), generaron una mejora fiscal. A la que debe sumarse el efecto positivo de los términos del intercambio favorables.

Además del peso fiscal de las retenciones, cuya reducción atemoriza al Gobierno, está en la memoria el conflicto del campo y del interior rural versus Cristina Kirchner. Esta discusión pública, con enormes movilizaciones populares, pesó -y mucho- en la derrota de Néstor Kirchner, en 2009. Además, están los intereses cruzados de grandes exportadoras y productores rurales; e implícito el carácter de pilar de esta discusión en el diseño de la política agropecuaria; y, por último, lo más importante, la estructura de la política económica.

La discusión sobre las facultades delegadas tienden a concentrarse en las retenciones, y éstas en el debate agrario, y afinando la puntería, en la soja. ¿Por qué?

El perfil exportador neto de la Argentina, en 2010, nos define como un país primario. En el Bicentenario, a pesar de las arengas denegatorias del modelo del Centenario, estamos logrando dólares debido a la productividad del sector primario y la emergencia china. En buen romance, estamos lejísimos de ingresar en una etapa de sustitución de exportaciones. Y ésta es la primera tarea que debe cumplir un programa cuyo eje sea la mejora en la distribución del ingreso. ¿Alguien puede sostener seriamente que la distribución del ingreso es independiente de la estructura productiva? No.



Por eso es consistente que no registremos avances relevantes en la progresividad en la distribución del ingreso. La regresión distributiva no se modifica con asistencialismo (necesario por cierto); ni con políticas tributarias (convenientes por cierto). Sólo se modifica con transformaciones de la estructura productiva; las que (por cierto) requieren de una política a largo plazo que hoy está ausente, ignorada y ninguneada (por cierto), especialmente (por cierto) por los sectores autodenominados progresistas, fueren de la oposición o del Frente gobernante. Los une la izquierda cultural, que nubla la vista en la lectura de la estructura productiva y calma la culpa de la falta de compromiso en transformar. Hechos.

En 2010, el sector primario (agropecuario, combustibles, minería) generará, más o menos, 26/28 mil millones de dólares de ingresos de exportación. Es una buena noticia. La mala es que la industria tendrá un balance comercial externo negativo de entre trece y quince mil millones de dólares. El resultado será un estupendo superávit de entre once y quince mil millones de dólares: “Lo exacto es insignificante” (René Tom), y si se trata de previsiones, es pedantería.

Primera aclaración: el resultado es eficaz; pero no eficiente. El “costo”, en términos de estructuración económica de ese resultado, es mucho mayor que el de obtener ese mismo resultado en divisas con otra estructura productiva.

El saldo comercial se aplicará (si no hay cambios de “modelo”) a aumentar reservas, cancelar deuda externa y financiar la fuga de capitales. Es lo que se viene haciendo con éxito, si el éxito es la estabilidad nominal del tipo de cambio.

Lo hace posible la soja. Sembradas 18/19 millones de hectáreas (eran doce cuando llegaba Néstor Kirchner), que con un rendimiento de treinta quintales en cada una permite recoger entre 54 y 57 millones de toneladas, que sumándole procesamiento (aceites, biodiesel, etcétera) y un toque de oleaginosas, reportarán, a la balanza comercial, dólar más dólar menos, entre 19 y veinte mil millones de dólares. Sin soja somos deficitarios.

En el primer semestre de 2010, tuvimos una atropellada importadora que, en lo industrial, no está formada por bienes de capital reproductores. Ésa sería una estupenda noticia porque anunciaría un boom inversor. La atropellada de los últimos meses está asociada al dólar nominalmente quieto, atado a la moneda americana, en un “uno a uno” virtual, pero con erosión por costos o productividad (falta de inversión). La pregunta es si el tipo de cambio sigue siendo alto. Atención, las retenciones, como herramienta de política económica transformadora, deben estar asociadas a un tipo de cambio alto y carecen de sentido sin esa cotización administrada.

Por su parte, el rendimiento fiscal de las retenciones ha financiado al superávit público todos estos años. Los primarios aportan más de cuatro quintas partes de las recaudaciones y el quinto restante corresponde a la industria.



Sorpresa. La industria paga retenciones. Las “retenciones”, tal como están, no responden al modelo de la economía a dos velocidades, que teorizara Marcelo Diamand. Tocan a la industria y barren gran parte del nomenclador productivo.

Sorpresa mayor. Hay excepciones espantosas. Por ejemplo, la minería del oro y del cobre. Los años noventa liberaron a la minería, la más agotadora extracción de riquezas naturales, de derechos de exportación. La vergüenza continúa. En el boom de los metales, la protección de los glaciares no garantiza la custodia del patrimonio nacional. Las ganancias mineras seguirán con sus privilegios; la explotación se rige por declaración jurada y sin controles eficaces, en el marco de una “soberanía tributaria” otorgada a los mineros, básicamente capitales extranjeros.

Resumen: la minería no paga, y pagan la industria y el resto del sector primario.

Las retenciones, para la industria, son un despropósito desde el punto de vista del diseño de una política económica de industrialización exportadora. La política tiene un largo examen para hablar de retenciones. Primero, que tienen sentido con tipo de cambio alto (cuando se refieren a actividades productivas como las agropecuarias). Segundo, que deben aplicarse en todas las actividades extractivas y, entre ellas, los recursos minerales que “forman parte del patrimonio del país (…) Sin embargo, en todos los países, las compañías mineras intentan obtener esos recursos gratuitamente… o por el menor precio posible… y no hay razón para que las compañías mineras recojan (los beneficios de la demanda china) esa recompensa para sí mismas (…). Se debería reservar ese dinero para un fondo especial que se debería utilizar para inversiones. El país se empobrecerá inevitablemente, al agotarse sus recursos naturales, a no ser que aumente el valor de su capital humano y físico” (Joseph Stiglitz). Tercero, que las retenciones deben destinarse, en su totalidad, a la transformación productiva que permita sustituir exportaciones. Las retenciones no tienen un carácter fiscal sino que son una herramienta ad hoc de política económica.

Cuatro elementos esenciales:

a) Establecer retenciones implica que hemos decidido tener una economía con “tipo de cambio alto” en relación al que surge del mercado libre de cambios. El actual tipo de cambio es “alto” porque, librado al mercado cambiario, el dólar costaría menos. Para analizar el nivel del tipo de cambio hay que reconocer “la enfermedad” de la falta de inversiones (debilidad de la productividad) y el riesgo de la “enfermedad holandesa” que genera la suma de los términos del intercambio favorables y la ampliación del área sojera y la superación tecnológica.

b) La altura del tipo de cambio debe ser tal que, por una parte, dada la estructura de costos de las producciones primarias, el precio internacional cubra costos, rentabilidad y permita aplicar retenciones sin castigar la producción; y que, por la otra, sea lo suficientemente retributivo como para que -excepto en el balance de bienes de capital hasta que alcancemos la madurez tecnológica- la industria sea externamente neutra o positiva. El “tipo de cambio alto” es uno de equilibrio de pleno empleo y eso es el que genera más industria. Considerando la marcha de los costos internos y de las importaciones industriales, el nivel de empleo y la tasa de inversión reproductiva, este tipo de cambio no es alto, programáticamente hablando.

c) El tipo de cambio alto con retenciones es posible en el agro por la altísima productividad del sector comparada con el resto del mundo. Ése es el patrón de productividad al que debe ayudarse a la industria a alcanzar. Corolario: las retenciones al sector primario y minero son una necesidad del sistema, para que un tipo de cambio alto permita a la industria, con un programa de inversiones, generar la productividad que permita a los trabajadores obtener salarios para consumir producción primaria a los precios internacionales. Sin tipo de cambio alto no hay industria y las retenciones deben regir hasta que la productividad y la distribución de la misma generen capacidades salariales de Primer Mundo. El programa de retenciones tiene sentido con un programa de transformación industrial. No se justifica lo uno sin lo otro.

d) El tipo de cambio alto más retenciones es inevitable como consecuencia de la deserción del uso de los múltiples instrumentos de política económica (políticas activas) mutilados por la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el Mercosur.

Lo expuesto es un Apunte para ser destinado a que se tenga en cuenta que, cuando hablamos de retenciones, no podemos mirar sólo la recaudación en juego. Cuando hablamos de retenciones tenemos que hablar de nivel de tipo de cambio, costos internos de producción y programa de inversiones transformadoras. Si excluimos lo principal, estamos hablando de una pelea pasada, y eso no le sirve a nadie. Error. Sí, les sirve a las mineras extranjeras que siguen disfrutando a lo bárbaro de su soberanía tributaria.